Os deseo un feliz año nuevo, viviendo día a día los presentes imperfectos o casi perfectos que nos llevan a seguir adelante para aprender y corregir nuestros errores o simplemente hacer las cosas de otra manera, porque a veces necesitamos cambiar el rumbo y emprender nuevos caminos. Dejémonos sorprender por esa cadena de regalos y que cada uno de ellos sea diferente para mantener la ilusión por abrirlos siempre en compañía, compartiendo amor y amistad, enseñanza y respeto.
Besos de año por estrenar.
Aprovecho y me sumo con gusto a la cadena de deseos que de manera tan original nos propone y enlaza el blog de Débora "Mamá qué sabe".
Deseos como padres tenemos muchos. Conseguirlos será estupendo, y compartirlos ayudará a enriquecer la mochila de deseos de otras familias también. Tu deseo compartido es...
Se acercan las fiestas y previsora una misma, andaba liada con los preparativos porque sabía que en pleno periodo de fiestas los precios se disparaban. Ojeaba con tranquilidad relativa un catálogo de juguetes de los muchos que habían en la mesa. Mis hijos ya me iban adelantando tarea, señalando en ellos sus juguetes preferidos , diciendo la machacona frase “me lo pido”. Les miraba de reojo y pensaba como plantearles reducir tamaña lista, porque tenían que encajar en mi reducido presupuesto y acomodarlos en el de sus abuelos y tíos.
Me sabía incapaz de impedir que mis hijos se contagiaran de la epidemia consumista , viven en un incontrolable entorno fagocitario, pero a lo que no estaba dispuesta es a alimentarlo.
Me dolía recordar como los juguetes del año pasado habían quedado arrinconados ya y mis hijos seguían jugando con los tres de siempre, cuando los deberes se lo permitían y que la gran caja de embalaje acabó siendo el que más juego dió ese día, convirtiéndose en una choza, un tren y el mejor de los escondites.
Efectivamente ese es el quiz de la cuestión, no es más importante el juguete, sino el juego. Acabé por replantearme la feroz campaña juguetera. Quise volver a recuperar el juego en familia.
A partir de dejar de ser bebés, se me estaba olvidando jugar, conforme ganaban en autonomía me alejaba del juego de mis hijos. Por qué renunciar a ese goce, al placer de jugar con ellos, a desconectar de la rutina y convivir en esa felicidad que nos devuelve al principio de nuestro tiempo. Me parece una estupenda inversión, ganar en confianza mutua, compartir emociones y tensiones, aprender a ganar, siendo generosos y a perder para tolerar las frustraciones, a establecer normas y aceptar las reglas. Sobre todo a desconectar de la realidad por un momento y jugar a “como si fueramos”, héroes y villanos, guerreros de las galaxias, campeones de formula 1....el juego libre sin pretensiones didácticas ninguna, de puro disfrute.
Así que me puse y todavía me pongo a escribir mi propia carta a los Reyes Magos, le pedí y sigo pidiendo que me concedan TIEMPO para dedicárselo a ellos, que me faculten para conseguir arrancar al día esos minutos para jugar con mis hijos, para quererlos y que ellos sientan que les quiero.
Estos días he vuelto a recordar, esos momentos de juego con mis sobrinos que ocupan ese tiempo que cada vez se dilata más, entre el que se acomoda la progresiva independencia de mis propios hijos. He saboreado esas dulces palabras que al final de la sesión de juego, mi sobrino me ha lanzado, " te quiero, tía, así" señalando con sus deditos un trocito, un espacio entre ellos, donde cabía el cariño que sentía. Me lo he comido a besos.
No os fijéis en las marcas. Desayunad, comed y cenad, su cariño, su juegos, sientan fenomenal.
Traspaso el umbral de la
puerta y le lanzo mi saludo, un hola con la melodía de una cantinela
y escapándose al encuentro me devuelve el eco de su risa pillina.
Pero él sabe que no tiene escapatoria y espera agazapado en el sofá
la emboscada que le tengo preparada. Me reciben esos ojillos
achinados por la risa y el cuerpo encogido por la vergüenza. Prepara
su estrategia de guerra, se revuelve como una anguila para esquivar
mis besos e inicio mi contraataque, una batería de cosquillas que
apuntan a su mismísima línea de flotación, las costillas. Queda
desarmado por las risas y se encuentra vulnerable por los divertidos
espasmos y no puede más que caer rendido a mi cariñoso saludo. Para
firmar el armisticio le exijo solo una capitulación, un gran abrazo
de oso.
Una agradable y tierna
sensación recorre mi cuerpo, rodeado de sus pequeños brazos a mi
cuello y de sus piernas en precavido placaje en mi cintura. Siento su
cuerpo un apéndice más del mío, tal como fue en no tan reciente
pasado, dándole toda la protección, todos los cuidados a través de
mi cuerpo, unido a mí, como nunca lo estará ya.
Al grito de “nos
vamos”, se desembaraza de mí y corre a coger su abrigo, le arropo
bien para protegerlo del frío viento de la calle y nos dirigimos al
coche, sin desvelar nuestro destino, el centro de salud. Ha llegado
el momento de la vacunación, que no me pille desprevenida ninguna
enfermedad que podamos evitar, así que proporcionaremos a sus
defensas una buena trinchera, donde esos “pokemon” luchadores
podrán repeler a esos malvados microorganismos.
Con ese mismo instinto de
protección le siento en su sillita infantil y le abrocho sus
arneses, convencida que ante una frenada brusca o accidente, ni el
más grande de mis abrazos de oso podría retenerle en mi regazo, de
modo que delego mi protección en ese artilugio con cinco puntos de
anclaje, el mejor de los pulpos que aunque cojo, le aferrará a la
vida.
El cordón umbilical ya
se ha cortado y él es una personita que cada vez será más
autónoma, no siempre estará pegado a mí, aunque alguna vez se me
haya pasado por la cabeza atarlo a mi con mi cinturón de seguridad,
pero la deseché inmediatamente en cuanto me enteré que de este modo
se puede convertir en mi airbag y aplastarle como una mosca contra
un cristal.
Para que el nivel de
protección sea el máximo, he instalado la sillita en el asiento
central trasero que las estadísticas apuntan es el más seguro, a
pesar de dejar de tenerlo tan cerca como en el asiento del copiloto,
llamado asiento de la suegra, no sé por qué, ya que está
demostrado que es el más peligroso.
Para que mi manto de
protección sea el más eficaz, y no siendo mujer de marcas, he
comprobado que tenga la etiqueta que certifique su homologación,
esas condiciones mínimas de seguridad que cuiden bien a mi peque.
Al llegar al centro de
salud, lo recojo en mis brazos desde el lado de la acera, la mejor
plataforma de aterrizaje y evito el lado oscuro por el que me puede
atacar desprevenidamente cualquier estrella de la muerte. Suerte que las
clases de Pilates me ayudan en estos estiramientos para sacarle de su
silla, ya que sacarle desde el asiento central es una prueba para Elastic-girl, soy una mamá increible.
Por ahora estoy en forma
y subir y bajar del coche llega a ser un entretenido juego, ahora
bien, no creo que le guste tanto jugar a médicos, cuando sienta la
aguja en su bracito. Bueno, bueno, eso no pasa todos los días,
¿verdad?
Admiración me causa cuando contemplo su oreja. Sencillamente me parece perfecta, digna de confeccionar con ella un molde, un referente de belleza para un patrón del pabellón de una oreja.
Independiente de su funcionalidad, que de vez en cuando mis quejas subidas de tono y mis susurros confidentes de algún secreto comprueban llegan a su interior, me centro en su puro físico, en ese impacto visual, aislado de toda connotación sentimental o quizás no, ya que la oreja, que creo ya habréis adivinado, es de mi hijo. Intento valorar en su justa medida mi amor de madre, como el artista que es juez y parte de su obra.
La he visto crecer, pero siempre sin perder esas proporciones equilibradas, que dibujan unas lineas curvas suaves, definidas, como estudiadas por un ingeniero que diseña un parque infantil de amables toboganes por donde se deslizan las risas de los niños. Una oreja que siente querencia por el sostén de su cabeza y le acompaña pegada a su pared como si formaran una compenetrada pareja.
Recorro con mis dedos el borde carnoso de su contorno y turbado, sabiendo que soy una enamorada de su oreja, me devuelve una sonrisa. Cierro los ojos y siento cada pliegue en las yemas de mis dedos, como reconociendo la forma de mi obra, su escultura y cuando los abro me parece haber medido los parámetros artísticos del arte romano, del renacer de una obra de Miguel Angel, incluso puedo intuir la relación geómetrica del hombre de Vitruvio que Leonardo Da Vinci nos descubrió en esa parte de la oreja, justo es el tercio de la longitud de su cara. Una oreja renacentista.
Al tratarse de un modelo con vida propia, no puedo tratarlo con la libertad que se tomaba Miguel Angel con su Moisés y solo me es posible acercarme y estudiarlo porque se encuentra extasiado frente al ordenador, abducido en perfecta introspección, pero al minuto me pide su debilidad, su relax, que deslice mis dedos por su pelo, entonces entra en su nirvana. Puedo entender esa sensación, una parte de mi herencia tiene la clave y se establece una comunicación sin palabras, sencillamente de sensaciones que nos unen en un entendimiento suprasensorial. Unos momentos que no me permitiré olvidar jamás.
El pelo, vecino y compañero de la oreja, merece otro capítulo.
Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos,
pues ellos tienen su propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas,
porque ellas viven en la casa del mañana
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures
hacerlos semejantes a ti,
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.
Poema de Kahlil Gibran. Pintura de Katie M. Breggen
Hemos llegado y estamos atravesando esas aguas bravas de la adolescencia, ese nadar a contracorriente unas veces y otras a favor del reflujo, a que nos traguen los remolinos y a flotar sobre aguas en calma. Ese barco que no se define, a medio construir, que cree tener claro el rumbo a tomar, pero no domina el manejo de la brújula. Ese barco me quita el sueño, porque no quiero que se estrelle contra los acantilados. Pero qué hacer si yo no quiero, ni debo ser el capitán de su barco. Solo me atrevo a ser el viento que sopla a su favor, que le susurra rumbos desconocidos, a ser el puerto en que refugiarse cuando la tormenta arrecia.
Este viejo capitán que le cuenta miles de historias, aventuras y desventuras, que nunca serán las suyas, porque las de él serán otras historias.
Nuestro viejo cacharro nos ha servido como el más fiel de los amigos. Ha visto comenzar nuestra vida en común, nacer a nuestros hijos, llevar adelante muchos viajes y aventuras compartidas, pero el tiempo no perdona y con gran melancolía le hemos acompañado en su último viaje al desguace donde donará solidariamente sus órganos a otros compañeros como otros hicieron con él y cumplirá un rito responsable, se reciclará por respeto a su medio ambiente.
Difícil encontrarle sustituto, era un buen coche, pero no podemos esperar más, lo necesitamos y porque el espectro del IVA nos amenaza con darnos un hachazo, así que cuanto antes tenemos que adoptar a un nuevo miembro en la familia.
Después de cenar, Juan hizo el café,
pero lo sirvió en la mesa, junto a todos los catálogos de coches y
el portátil listo para consultar. Para endulzar la discusión que
preveía íbamos a enzarzarnos, descubrió en una bandeja unos
trocitos de chocolate belga que guardamos como un tesoro bajo llave ,
fuera del alcance de “otros”.
Mañana, teníamos programada la visita
al concesionario elegido y sospecho que todo este preludio me indujo
un goloso sueño.
Iba acercándome a él, despacio como
si levitara. En el ambiente había una especie de olor a vainilla,
menta y jenjibre. Si mi naríz estaba ya borracha de aromas, mi boca
comenzaba a reaccionar ante su imponente vista, sabía que de un
momento a otro podría babear y no pude controlarme, le dí un
lametón a ese espejo retrovisor de chocolate puro, siguiendo por
todo el capó de blanco chocolate. De un mordisco arranqué un trozo
de limpiaparabrisa de regalíz y con el comencé a rallar birutas del
resto de la estructura. Los cristales de las ventanillas tintados de
un indefinido color transparente estaban medio bajados y rompí un
trozo para comprobar el punto de caramelo y caí en la tentación,
metí la mano por la ventanilla y abrí la puerta. Me colé dentro,
corrompiendo su intacto interior. Me acomodé en su asiento de
mullida y enorme nube de nata y fresa. Arranqué de su cuadro de mando sus coloridos
Lacasitos y luminosas gominolas. Me sorprendió y mucho el gran
chupachups de la palanca de cambios. Demoledor. ¿Cómo hacer para
llevarmelo a casa? Lo que nos perdemos con el automático. Nerviosa
por tocarlo, dí un respingo y activé el surtidor del limpia y un
líquido afrutado comenzó a resbalar por el parabrisas. Refrescante.
Agradablemente sorprendida desperté. A mi lado Juan dormía y me pregunté si podría haber una conexión entre nuestros sueños. Puede que esa gotita de chocolate en el lóbulo de su oreja sea un indicio.....
Llegó el momento y allí estabamos,
pegando la nariz al escaparate del concesionario de nuestro coche, como niños frente
al kiosko de golosinas, como Hansel y Gretel en la casa de chocolate.
La bruja de la vendedora
convenciéndonos de sus bondades, nos invita a probarlo incluso con
un pequeño paseo.
Yo no hago más que preguntas y
preguntas, aunque ya me tiene convencida y ella lo sabe.
Tras la mesa y el posible contrato de
venta, le tienta a Juan y este astutamente, le dá el hueso, aún no
estoy a punto. Qué tal una rebaja más al precio o me regalas la
instalación del enganche y me incluyes el triángulo de emergencia
Dados los tiempos que corren, la bruja
cayó en el caldero.
Maravillosa y eterna
Roma. Concentrada en historia y extensísima en espacio.
Acordamos salir del hotel
en coche y dejarlo en un parking de las afueras. A partir de ahí
visitarla puntualmente en metro o en autobús y fundamentalmente
palparla, admirarla y patearla paso a paso. No fue fácil llegar a
ese acuerdo, porque mi Juan vive en perpetua simbiosis con su coche y su
GPS. Accedió y nos tragó la tierra hasta llegar al corazón de Roma
y nos desparramamos por sus arterias, mapa en una mano y cámara en la
otra.
Cayó la noche y
borrachos de placer arquitectónico e histórico y extasiados después
de una romántica cena familiar con nuestros dos hijos adolescentes, en un encantador lugar como es el Trastévere,
nos sobresaltó la alarma; había que regresar en metro y este cierra
a las 11 horas.
Juan, maldijo no poder
tener a mano el coche, pero sin remedio tuvimos que decir pies para
que os quiero. Dicho y hecho, la carrera a lo largo de todo el Circus Maximus fue olímpica y llegamos a tiempo a coger el último
metro de la noche. Por fín llegamos a nuestra parada “Cornelia”,
nos vomitó de sus entrañas y …¿dónde estábamos? La noche había
transformado con su negro manto el panorama de la típica avenida de
las afueras de una gran ciudad, sin habernos dado cuenta siquiera que
habíamos salido por otra de las tantas bocas de Cornelia.
Doloridos mis pies y
cansada, empezaba a sentir unos espantosos celos de la señorita que
guiaba a Juan desde su GPS a la que se estaba añorando
lastimeramente delante de mi mapa y poniendo en duda mi brújula
interna. Y sufría, padecía por ver los ojos asustados de mi hija y a sus labios decir ¿nos hemos perdido?
Era tal el cóctel de
emociones que me sentía como Alicia en el país de las Maravillas,
queriendo encontrar al gato de Cheshire y preguntarle “¿podrías
decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?”,
aunque recordaba la respuesta, “eso depende en gran parte del sitio
al que quieras llegar” y parecía que oía la conclusión “siempre llegarás a
alguna parte si caminas lo suficiente”.
Pues bien, me encaminé a
buscar a ese gato de amplia sonrisa que me guiara en mi búsqueda.
Evitaría encontrar a ese Nerón que incendió Roma o a la Reina Roja
que cortaba cabezas. Solo encontré encantadores ciudadanos romanos
que me dieron multitud de pistas hasta dar con la definitiva que nos
llevó al sitio que queríamos llegar. Afortunadamente el español y
el italiano tienen mucha afinidad.
Comprobado, “preguntando
se va a Roma” y confiando en tu sagacidad e iniciativa también.
Os deseo unas felices y aventureras vacaciones, lejos o aquí al lado. Disfrutad del tiempo libre, respirad hondo y a la vuelta esperemos encontrar el norte a esta situación tan difícil que nos ha tocado vivir.
Poema de Miguel Hernández del cancionero y romancero de ausencias.
Ese anhelo me permito hacerlo mío, lo adopto cada mañana al levantar los cuerpos y los ánimos.
Rodad hijos, rodad, hacia la meta que os marquéis por inalcanzable que os parezca ser. Para uno más que para el otro, pero me convierto en el arriero que estira y azuza a ese caballo, noble y potente, aunque él no se lo crea, y la tartana con sudor y lágrimas se mueve y la satisfacción nos vuelve a alimentar las ansias de tirar.
El Sol te extenúa, el esfuerzo te ha agotado, tu brújula no orienta tus riendas y decenas de voces te dicen que no has llegado a la altura de la tercera loma. Todo es cuestión de un poco más de tiempo y tu eres capaz de seguir al paso, dando cancha a tu resistencia, maleada a través de encajar golpes y envites. Recuerda, cuando llegues a lo alto de la loma, piafa, galopa y colma el fondo de mis brazos.
Besos de aliento. ¿Quién me los podrá dar a mí?, si parece que no los necesito.
Hoy, me convierto en un eslabón de una creativa cadena gracias a la invitación de una activísima bloguera, Débora del blog "A latidos". Nos conocemos hace poco tiempo, pero los lazos de amistad en la red nos ha "enredado" compartiendo muchos valores. Para seguir lanzando cintas de amistad el reto consiste en:
Elegir una frase que me guste, me inspire y signifique algo para mi.
Publicarla en el blog acompañada de una foto, una historia, una anécdota o simplemente esa frase sin más.
Una vez escogida la frase tengo que pasar el reto a cinco personas de los cinco blogs elegidos.
Lanzo esas cintas para que os motiven a escoger la frase que queráis compartir con nosotros/as a:
Desconozco si sois partidarios/as de seguir las cadenas y nos conocemos desde hace poquito tiempo, por ello no hay compromiso alguno.
Mi frase que encabeza esta historia es de Einstein.
La vida es como montar en bicicleta, si no quieres perder el equilibrio no puedes parar.
Esta frase encabeza mi perfil porque entiendo que una vez has venido a la vida ya no puedes parar de aprender.
Una historia os voy a
contar de una amazona aventurera que no sabía montar. Ese reto quiso
superar para cabalgar junto a sus hermanas y amigas de su clan.
Ese
afán le dominaba al contemplar las verdes y grisáceas praderas
que tristemente habían quedado reducidas y amuralladas por una
fagocitaria civilización, pero que todavía eran capaces de provocar
su irremediable instinto del dominio del espacio en toda su
extensión.
La hechicera de la tribu
le fue a preparar una sarta de sortilegios y encantamientos que
sabiamente aplicó con su báculo de ternura y paciencia infinita.
Las precisas palabras que
pronunciaba se introducían convertidas en espirales arremolinadas
que se iban encauzando por los laberintos de sus orejas y alcanzaban
certeramente su entendimiento. La amazona asentía, tenía el alma en
vilo, preparada para ejecutar los requeridos movimientos. Su pie
apretaba el apoyo de su montura y su mano acariciaba las guías de la
dirección sin el menor titubeo, dispuesta a comenzar su andadura.
Mientras, la hechicera
posaba su mano debajo de la pequeña nuca de su pupila, asiendo su
cuello, le infería la confianza suficiente para sentir el movimiento
de su cuerpo, buscando el equilibrio con su montura, descubriendo
cada acción y reacción contrapuestas. Este baile se repetía una y
otra vez, aprendiendo a resolver el juego sin ayuda, a predecir
movimientos y a responder sin sobresaltos. Cuando por fín, callaron
las palabras, solo oía el viento; desapareció la confiada mano,
sola se enfrentaba a su experiencia.
La profética caída
tenía que suceder irremediablemente, estaba escrita a perpetuidad en
este rito de iniciación y era la única parte que lograba alojar la
firme decisión de proseguir con la aventura. Si este evento fallaba
el sortilegio desaparecía, la clave se encontraba en caerse para
volver a levantarse.
La decidida voluntad hizo
desvelar el mágico momento final. La mirada en el horizonte, la
dirección fijada en perfecta combinación con el equilibrio, dos
seres compenetrados convirtiéndose en uno solo, la fuerza y el
esfuerzo traducidos en movimiento, la velocidad conquistando el
espacio, el placer de surcar el camino. La satisfacción de haber
recorrido el trayecto del aprendizaje que le ha dejado marcada una
huella imborrable.
Con este apoteósico
final, el rostro de la hechicera era pura poesía, su trabajo había
concluido por hoy.
Decidida a conseguir un
“verano azul” para la pandilla de la tribu, tienta la curiosidad,
preparando una nueva montura, esta vez destinada a un niño. Elegida
de color azul, cuadro con barra horizontal, ruedas todo-terreno,
atractiva como la miel a las mosca, capaz de despertar el sueño de
aprender a montarla.
De nuevo preparada a
orquestar el sortilegio del aprendizaje.
al pie de su base,
erguida miro a sus almenas.
Siento vibrar bajo mis pies
marmolea y dura su pared,
Toque de arrebato vocea su campana.
Tiembla el suelo y su estructura.
Arranca sus pilares y se aleja.
Pierdo la mirada de su atalaya
y lo encuentro escondido en su muralla.
Seguíamos insistentemente las indicaciones hacia la Capilla Sixtina. Las preciosas esculturas romanas, los ricos tapices, los techos engrandecidos con figuras geométricas y delicadas pinturas, nos distraían el camino cuya meta era Miguel Ángel.
Por fín los cuatro entramos en ese recinto sagrado, la pequeña cogida de mi mano y el mayor al lado de su padre. Alzamos la vista y quedamos fascinados por tan impresionante belleza. Los vivos ojos de mi hija no sabían bien donde dirigirse, era inmenso, como su necesidad de conocer. Comencé a alimentar su apetito por la escena de la Creación de Adán, ese dedo extendido de Dios hacia el del primer hombre, entre los cuales se crea esa chispa imperceptible de la Génesis del sexto día y quise compartirlo también con mi hijo, cuando mi sobresalto fue mayúsculo al no encontrarlo.
Su padre fue a buscarlo por la sala abarrotada de gente y nosotras permanecimos quietas, intentándolo localizar por el móvil, pero no había cobertura en esa zona. No podíamos más que otear una y otra vez la marea de gente sin resultado. Mi hija estaba poniéndose casi histérica, porque quería volver a ver a su hermano ya, mientras un guardia sacaba a cajas destempladas a un turista por haber grabado, desoyendo las prohibiciones.
El show acababa de comenzar. Nuestros gritos de llamada se ahogaban entre el gran murmullo de la gente.
- Dios mío, tengo su cartera en mi bolso. Va indocumentado. ¡Sibilas y Profetas, dadme una señal!
Negra se me hizo la sala, únicamente estaba iluminado mi marido, subido en la tarima del altar, extendiendo su brazo y dirigiendo su dedo hacia un lugar preciso de la sala, donde surgía una mano con un catalejo que saludaba a su padre con una cara de felicidad increíble.
Nuestro Adán se había acercado como nadie a los frescos, extasiado en un mundo artístico, sin percatarse de absolutamente nada de su alrededor. Nosotras, Evas en el paraíso, aliviadas, nos miramos en silencio, sin confesarnos que escena nos había impactado más, si la humana o la divina.
Por fin han terminado las
obras de remodelación de mi calle. Se acabó rodear la manzana para
llegar a la puerta de mi garaje.
Regreso a casa y hago mi
entrada al último cruce de mi destino. Pongo mi radar cerebral en
marcha para detectar los cambios y ¡eureka, lo encontré! Me ofrecen
el camino azul.
Una redonda y amable
señal azul me obliga a girar a la derecha. Han jubilado a la señal
de orla roja con el ceño fruncido que me prohibía girar a la
izquierda.
La maniobra es la misma,
pero siento que la he realizado pensándola más rápidamente. El SI
me ha guiado directamente por el camino seguro. El NO, cuando la vi
por primera vez, me hizo por un momento cuestionarme cual es el
camino seguro a tomar.
Hoy es un día de
novedades. Regresamos a casa desde el Hospital con un nuevo miembro
en la familia. Por asociación de ideas comienzo a asumir que
tendremos que ir redireccionando nuestros caminos en nuestra pequeña
organización.
El ingeniero de tráfico
estaba preparado para realizar esta remodelación, pero los padres
realizamos la carrera de Educación sobre la marcha y es que los
niños no traen bajo el brazo ni el pan, ni un manual de
instrucciones. Comenzamos a implantar normas y a marcar límites bajo
la referencia de nuestra experiencia con nuestros padres, pero a
veces esto no es suficiente, ya que son otros tiempos bastante más
complejos.
Con la llegada de la
democracia nos planteamos como vamos a gobernar nuestra casa, ese
primer ecosistema social, donde hay que marcar direcciones y ejercer
la autoridad.
Autoridad, mítica
palabra, será el hábito que nos convierta en un referente para
construir la convivencia entre todos, embriagado de un perfume
llamado Amor y Respeto, sin que se transforme en un uniforme
castrense autoritario.
Nos convertiremos en una
monarquía parlamentaria con una constitución con normas cargadas de
sentido común que no se negocian, pero con la puerta abierta para
consensuar otras. Estableceremos prohibiciones y obligaciones,
intentando que no sean demasiadas, que el rey y la reina, Isabel como
Fernando, aplicarán sin clemencia, aunque el otro rey de la casa se
oponga. En estos casos reconocemos la ventaja de la orden de
obligación, ya que no deja lugar a dudas lo que se espera de él,
acompañado de un buen razonamiento. Denota una actitud más positiva
que no estar todo el día recriminando “eso no se dice, eso no se
hace, eso no se toca”.
Isabel tiene otro punto
de vista sobre las prohibiciones. Piensa que corta caminos pero deja
alternativas abiertas, otras posibles opciones que podrían
negociarse.
En algunas ocasiones
dejaremos que ensayen la anarquía filial, para que sean capaces de
organizarse solos, sin supervisión adulta. No sé si será un sueño,
pero añoro las tardes después del colegio de libertad completa,
jugando por el barrio, hasta última hora cuando ya te reclama el
grito de tu madre. Estupenda experiencia social, donde fijábamos las
obligaciones y prohibiciones en la pandilla con duras negociaciones y
no pocos conflictos que resolvíamos sin intervención adulta, menos
en algunas contadas excepciones para separar a los peleones.
Sabemos que nos
equivocaremos, que esas caritas de pena nos harán flaquear, que
siempre pensaremos que no hemos hecho suficiente y miles de reproches
más, pero ahí seguiremos marcando el camino con constancia hasta
que vuelen solos y no nos necesiten, pero si quieran compartir con
nosotros sus pensamientos.
Me gustan los libros con contraportadas duras, de variadas texturas. Antes de abrir un libro me gusta acariciar sus armazones, me recreo con la portada, sintiendo el suave roce satinado de su envoltura o la sensación áspera de la rugosa tela del recubrimiento y a la vez percibir bajo la palma de mi mano, la fría temperatura de ese primer contacto que poco a poco, tras el manoseo del vaivén de la lectura, alcanza una tibieza casi igualada con la de mi cuerpo. No solo encuentro su explicación en la termodinámica, ya que a su vez, creo que fluye un halo indetectable entre mi curiosidad ansiosa por descubrir sus secretos y la atractiva portada irresistible con su título e insinuantes dibujos.
En el momento en que abro el libro, cierro los ojos para recibir, por un único sentido, el característico perfume de las hojas de papel recién salidas de la imprenta. Ese olor a libro nuevo, tan poco perdurable, que se evapora con el paso del tiempo para impregnarse de otros aromas a viejo, absorbiendo todo tipo de matices propios de la estancia que su destino le marque y que le darán carácter, que le otorgarán un color específico por ese proceso químico del cambio.
Celebro la ceremonia de poseedor y poseído como del ritual del vasallaje se tratara. La espada que armará caballero en la aventura que encierra, será consagrada por el marcapáginas decorado y serigrafiado para marcar el camino, capítulo a capítulo.
Sin dudarlo son sensaciones que nos han acompañado desde la infancia hasta nuestros tiempos, que están arraigadas en lo más profundo de nuestros recuerdos y cuan distinto van a ser para las generaciones que nos sucederán. Ese cambio, esas nuevas percepciones en el placer de la lectura, ya están sucediendo en nuestros pequeños. Ellos comienzan abrazando ya la lectura digital a la que se ajustan como un guante, sintiéndose contrariados con el formato arcaico del papel y nosotros, los ya maduritos, no queremos que nos venga grande el nuevo traje de la tecnología y hacemos esfuerzos por llevar dignamente las nuevas líneas.
Nos adaptaremos y evolucionaremos, en definitiva, de un modo u otro seguiremos disfrutando de sus contenidos.