jueves, 18 de febrero de 2010

Crear lazos



Pero el zorro volvió a su idea:
-Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mi el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo....

Fragmento de "El principito" de Antoine De Saint-Exupéry.

El principito vivía muy solo en su diminuto planeta. Como ser humano guardaba en su interior su naturaleza sociable que no había podido poner en práctica. En su visita a nuestra Tierra, el señor zorro le descubre ese don oculto hasta ahora.

Dota de un nuevo sentido a la palabra domesticar. Es crear lazos emotivos, mutuamente consentidos, dependientes en ambos sentidos.
Podemos crear lazos de todos los colores del arco iris entre personas de toda clase, condición y religión. Lazos de gran lazada de facil soltura que no ahoguen. Lazos que perduren en el tiempo, tan preciosos que no los queramos perder nunca, bien entrelazadas sus cintas.
Lazos amistosos, lazos amorosos, lazos filiales, lazos profesionales, lazos humanitarios, lazos del mundo mundial.
La humanidad envuelta en un gran lazo, como si fuera un huevo de pascua donde en su interior se guarda el amor con todas sus connotaciones.
Aprendamos a entrelazarnos con las cintas del respeto, de la responsabilidad, de la aceptación, de la vida, del querer, de la sinceridad, del esfuerzo, de la entrega, de la solidaridad.... y así con mil valores.


video

Este pequeño y su padre han aprendido a establecer un fuerte lazo. Domesticados han quedado.

Entrelazados saludos.

martes, 9 de febrero de 2010

El valor de escuchar.

"Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie más era escuchar... Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.
Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de repente cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él."
Fragmento de la novela Momo de Michael Ende.

Momo no tiene sabiduría, es pura inocencia, no tiene prejuicios, parece un estanque de agua clara con unos relajantes peces nadando en él.
Solo nos basta que alguien nos atienda en nuestro bullicioso y caótico ir y venir de conflictos, ideas, temores e ilusiones. Abrir la puerta para que salgan ordenadamente, los reconozcamos o no y tomemos una decisión u otra.
Ese alguien que escucha, no juzga, no impone, simplemente reconoce, asiente, comprende, aunque no entienda nuestro por qué y nos sirve de catalizador.
¿Esa virtud se hereda o se aprende?
Esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender sus vivencias, su sentimientos se llama empatia y todos somos capaces de desarrollarla.
Salir de nuestra individualidad, de nuestro egocentrismo y reconocer al otro es pura evolución, entrenarla es tarea de todos.
Recordamos cuando de pequeños nos contaban historias, cuentos, aventuras y escuchabamos ensimismados, vivíamos la vida de los personajes, eramos Caperucita, Juan sin miedo, los tres cerditos, Pinocho... y recibíamos el calor humano de esa voz querida que nos mimaba.
He ahí los primeros pasos.
Que crucial es ese primer paso, la escucha, para ser capaz de dialogar después, seguidamente negociar y finalmente resolver los conflictos.
Reconozcamos el valor de escuchar a los demás, especialmente a los niños y merecidamente a los abuelos que aunque cargados de sabias experiencias, parecen que son transparentes para los demás, a pesar que lo han dado todo por sus hijos.

Un atento saludo.