Pasad, pasad y acomodaros en la fila cero de este rincón de la Tartana.
Os invito a palomitas dulces o saladas para también deleitaros con este corto "Paperman" que Pixar ha incluido en la película de Disney "Rompe Ralph".
Es un corto en que ha combinado la técnica moderna de animación por ordenador con el estilo de animación tradicional a mano y el resultado es fantástico.
Pero lo que más me ha gustado es descubrir que en el amor hay una segunda oportunidad.
No os lo perdáis, pues Disney lo ha lanzado en abierto en su canal de Youtube.
Acaba de cumplir quince años, quizás nunca nos lo pida o tal vez más adelante. Hasta que llegue ese momento, solo puedo imaginarme sus razones y motivaciones para preparar las mías. Me sirve de referente mis casi olvidados quince años y estar prácticamente segura de conocerla.
Una de mis pesadillas, la moto.
Imagen del artista David Walker.
Este día es muy especial, porque voy a hacer el examen teórico de ciclomotor.
Hoy cumplo 15 años. Creo que va a ser el mejor cumpleaños de todos, porque estoy segura que voy a aprobar y me compraré una scouter muy molona que ya he visto en el escaparate del concesionario.
Mañana a las 5, tengo que ir a la autoescuela con mi mejor amiga Emili que es de Orlando, Estados Unidos, pero ahora sus padres trabajan aquí. Ella me dice que allí pueden sacarse el permiso de conducir coches a los 16. ¡Que potra!
No me he tomado nada para los nervios, porque Emili ya me dijo que ella casi se queda medio “empaná” en el examen.
De todos modos, todavía me dura el alucine, desde que mi padre me dijo que si, cuando le pedí sacarme el permiso de la moto. Mis razones tenía: el ahorro de gasolina, porque no me llevaría al instituto en coche; no quería ser la rarita que no tiene ciclomotor; no voy a hacer tonterías, porque no tengo que demostrar nada como esos niñatos de 4º C…,
De la segunda razón no estaba tan segura, porque a veces me llevaba en su moto Jorge. Me abrazaba a su cintura bien fuerte en el momento de arrancar, a punto casi de hacer un caballito y pegada ya a él, para no caerme, sentía bajo su cazadora sus fuertes músculos y esto me confundía, no sabía si era el miedo o el contacto con su cuerpo, lo que hacía que mi corazón fuera a mil por hora.
El me enseñó a ser como él dice, un buen paquete. Acompañaba sus movimientos de vaivén como un péndulo que se movía al mismo tiempo con él, como si fuéramos un mismo cuerpo. Ufff! Qué romántico!! Ja ja ja ja!! Jorge dice que Emili parece un palo cuando la lleva con él y más de un susto le ha dado la moto, haciéndole un extraño.
Creo que mi padre me ha leído los pensamientos y piensa que es mejor que tenga mi propia moto para no ir de paquete en ninguna. Veremos como me las apaño para no llevar a nadie de paquete, porque si me ponen una multa, mi padre es capaz de castigarme sin salir un mes y descontarme el dinero de la paga.
A continuación de su SI me dijo: “Haz las cosas con cabeza, hija”. Por cierto, tengo que comprarme el casco. Después de la autoescuela, iré con Emili a ver modelitos, buenos, bonitos y bien de precio.
Este es mi primer paso de conductora motorizada y no pienso parar hasta conseguir el permiso de camión…..
Os deseo un feliz año nuevo, viviendo día a día los presentes imperfectos o casi perfectos que nos llevan a seguir adelante para aprender y corregir nuestros errores o simplemente hacer las cosas de otra manera, porque a veces necesitamos cambiar el rumbo y emprender nuevos caminos. Dejémonos sorprender por esa cadena de regalos y que cada uno de ellos sea diferente para mantener la ilusión por abrirlos siempre en compañía, compartiendo amor y amistad, enseñanza y respeto.
Besos de año por estrenar.
Aprovecho y me sumo con gusto a la cadena de deseos que de manera tan original nos propone y enlaza el blog de Débora "Mamá qué sabe".
Se acercan las fiestas y previsora una misma, andaba liada con los preparativos porque sabía que en pleno periodo de fiestas los precios se disparaban. Ojeaba con tranquilidad relativa un catálogo de juguetes de los muchos que habían en la mesa. Mis hijos ya me iban adelantando tarea, señalando en ellos sus juguetes preferidos , diciendo la machacona frase “me lo pido”. Les miraba de reojo y pensaba como plantearles reducir tamaña lista, porque tenían que encajar en mi reducido presupuesto y acomodarlos en el de sus abuelos y tíos.
Me sabía incapaz de impedir que mis hijos se contagiaran de la epidemia consumista , viven en un incontrolable entorno fagocitario, pero a lo que no estaba dispuesta es a alimentarlo.
Me dolía recordar como los juguetes del año pasado habían quedado arrinconados ya y mis hijos seguían jugando con los tres de siempre, cuando los deberes se lo permitían y que la gran caja de embalaje acabó siendo el que más juego dió ese día, convirtiéndose en una choza, un tren y el mejor de los escondites.
Efectivamente ese es el quiz de la cuestión, no es más importante el juguete, sino el juego. Acabé por replantearme la feroz campaña juguetera. Quise volver a recuperar el juego en familia.
A partir de dejar de ser bebés, se me estaba olvidando jugar, conforme ganaban en autonomía me alejaba del juego de mis hijos. Por qué renunciar a ese goce, al placer de jugar con ellos, a desconectar de la rutina y convivir en esa felicidad que nos devuelve al principio de nuestro tiempo. Me parece una estupenda inversión, ganar en confianza mutua, compartir emociones y tensiones, aprender a ganar, siendo generosos y a perder para tolerar las frustraciones, a establecer normas y aceptar las reglas. Sobre todo a desconectar de la realidad por un momento y jugar a “como si fueramos”, héroes y villanos, guerreros de las galaxias, campeones de formula 1....el juego libre sin pretensiones didácticas ninguna, de puro disfrute.
Así que me puse y todavía me pongo a escribir mi propia carta a los Reyes Magos, le pedí y sigo pidiendo que me concedan TIEMPO para dedicárselo a ellos, que me faculten para conseguir arrancar al día esos minutos para jugar con mis hijos, para quererlos y que ellos sientan que les quiero.
Estos días he vuelto a recordar, esos momentos de juego con mis sobrinos que ocupan ese tiempo que cada vez se dilata más, entre el que se acomoda la progresiva independencia de mis propios hijos. He saboreado esas dulces palabras que al final de la sesión de juego, mi sobrino me ha lanzado, " te quiero, tía, así" señalando con sus deditos un trocito, un espacio entre ellos, donde cabía el cariño que sentía. Me lo he comido a besos.
No os fijéis en las marcas. Desayunad, comed y cenad, su cariño, su juegos, sientan fenomenal.
Traspaso el umbral de la
puerta y le lanzo mi saludo, un hola con la melodía de una cantinela
y escapándose al encuentro me devuelve el eco de su risa pillina.
Pero él sabe que no tiene escapatoria y espera agazapado en el sofá
la emboscada que le tengo preparada. Me reciben esos ojillos
achinados por la risa y el cuerpo encogido por la vergüenza. Prepara
su estrategia de guerra, se revuelve como una anguila para esquivar
mis besos e inicio mi contraataque, una batería de cosquillas que
apuntan a su mismísima línea de flotación, las costillas. Queda
desarmado por las risas y se encuentra vulnerable por los divertidos
espasmos y no puede más que caer rendido a mi cariñoso saludo. Para
firmar el armisticio le exijo solo una capitulación, un gran abrazo
de oso.
Una agradable y tierna
sensación recorre mi cuerpo, rodeado de sus pequeños brazos a mi
cuello y de sus piernas en precavido placaje en mi cintura. Siento su
cuerpo un apéndice más del mío, tal como fue en no tan reciente
pasado, dándole toda la protección, todos los cuidados a través de
mi cuerpo, unido a mí, como nunca lo estará ya.
Al grito de “nos
vamos”, se desembaraza de mí y corre a coger su abrigo, le arropo
bien para protegerlo del frío viento de la calle y nos dirigimos al
coche, sin desvelar nuestro destino, el centro de salud. Ha llegado
el momento de la vacunación, que no me pille desprevenida ninguna
enfermedad que podamos evitar, así que proporcionaremos a sus
defensas una buena trinchera, donde esos “pokemon” luchadores
podrán repeler a esos malvados microorganismos.
Con ese mismo instinto de
protección le siento en su sillita infantil y le abrocho sus
arneses, convencida que ante una frenada brusca o accidente, ni el
más grande de mis abrazos de oso podría retenerle en mi regazo, de
modo que delego mi protección en ese artilugio con cinco puntos de
anclaje, el mejor de los pulpos que aunque cojo, le aferrará a la
vida.
El cordón umbilical ya
se ha cortado y él es una personita que cada vez será más
autónoma, no siempre estará pegado a mí, aunque alguna vez se me
haya pasado por la cabeza atarlo a mi con mi cinturón de seguridad,
pero la deseché inmediatamente en cuanto me enteré que de este modo
se puede convertir en mi airbag y aplastarle como una mosca contra
un cristal.
Para que el nivel de
protección sea el máximo, he instalado la sillita en el asiento
central trasero que las estadísticas apuntan es el más seguro, a
pesar de dejar de tenerlo tan cerca como en el asiento del copiloto,
llamado asiento de la suegra, no sé por qué, ya que está
demostrado que es el más peligroso.
Para que mi manto de
protección sea el más eficaz, y no siendo mujer de marcas, he
comprobado que tenga la etiqueta que certifique su homologación,
esas condiciones mínimas de seguridad que cuiden bien a mi peque.
Al llegar al centro de
salud, lo recojo en mis brazos desde el lado de la acera, la mejor
plataforma de aterrizaje y evito el lado oscuro por el que me puede
atacar desprevenidamente cualquier estrella de la muerte. Suerte que las
clases de Pilates me ayudan en estos estiramientos para sacarle de su
silla, ya que sacarle desde el asiento central es una prueba para Elastic-girl, soy una mamá increible.
Por ahora estoy en forma
y subir y bajar del coche llega a ser un entretenido juego, ahora
bien, no creo que le guste tanto jugar a médicos, cuando sienta la
aguja en su bracito. Bueno, bueno, eso no pasa todos los días,
¿verdad?