lunes, 27 de enero de 2014

HAIKU. Otoño

Obra del artista Brad Kunkle
Ojos de otoño
con los árboles lloran
besos dorados. 

El haiku es un poema breve de origen japonés, compuesto de 3 versos cuya medida es de 5, 7 y 5 sílabas y sin rima. Pretende expresar a través de esa corta estrofa un sentimiento breve y sincero relacionado con la naturaleza o con hechos cotidianos.

Me encantan y además es todo un arte condensar una emoción en tan poco espacio. Se adapta como anillo al dedo por el poco tiempo que tengo para dedicar al blog, de modo que me permite mantenerlo vivo y seguir en contacto con todas vosotras.
Ahí queda el primer experimento.

Besos poéticos.

martes, 19 de noviembre de 2013

FILA CERO Y PALOMITAS. ORANGE Ô DESESPOIR

Tengo una querencia especial por este corto que me ha atrapado al primer vistazo, quizás por vivir en el país de las naranjas o porque siempre he soñado con un viaje al Caribe.
En el fondo me ha enamorado esos ojillos de curiosidad, de esperanza, de determinación en esa naranjita menuda pero valentona.

¿Qué es lo que le lanza a saltar de una caja a otra llena de alegres piñas bailongas? Puede ser que se haya descubierto unas capacidades distintas que nunca le dejaron soñar o tal vez sea una necia que sobrevalore su naturaleza y su sueño sea una mera quimera. Solo ver esos ojillos ilusionados en su objetivo hacen esperar que todo sea posible en ese horizonte futuro desconocido y enigmático. Allí de una manera u otra todos pretendemos encajar. 
El trabajo, el tesón y la voluntad son herramientas que pueden garantizarnos conseguir nuestro lugar deseado, pero no dudo que una buena dosis de suerte o el encontrarse en el momento justo y en el punto preciso nos puede dar el empujoncillo (no sé si bien intencionado o no).

No os perdáis la escena final después de los créditos. El optimismo a la enésima potencia.



Besos con ritmo caribeño.

viernes, 27 de septiembre de 2013

ENERGÍA PROPIA

He soltado lastre, me he desembarazado de un equipaje que permanentemente llevaba encima, por fín he sido capaz, y tras experimentar esa ligereza, no me puedo explicar cómo no me dí cuenta antes de la necesidad de liberar a mi cuerpo, castigado a soportar encima un sobrepeso que llevaba hasta que mis piernas dieron la alarma con sordos quejidos y algún que otro crujido.

Eficiencia energética. Me transporto con menos esfuerzo y se consigue mantener una tonicidad que te pide no renunciar al movimiento, a desearlo, a estar satisfecha de tu propio cansancio al que encuentras más tarde de lo habitual y a olvidarte de la desgana que te provocaba tiempo atrás.

Así  pues, este verano he explotado mi propia energía, he retrocedido unos cuanto años atrás, he vuelto a las antiguas usanzas, un tanto, a algunas costumbres vintage en un agradable ambiente rural.

Gestión generosa del esfuerzo. Gastar la energía para sentir que nuestras necesidades y deseos tienen un costo y comprobar que el esfuerzo físico retroalimenta a la mente, que el cansancio es tremendamente sano.

He sacudido a fuerza de golpes los colchones que han dormido todo el invierno encima de sus somieres, sin aspiradora que valga, el polvo se lo llevó el viento que se paseaba por la terraza.

Limpiar la piscina, o más bien la balsa, sin máquina de hidropresión, con los cepillos de toda la vida, a quitar los bichos ahogados con la red barredera sencilla y artesanal, porque no existe la depuradora que además nos obligó a vaciar un par de veces su volumen.

La excepción, la lavadora, no renuncio a ella por nada del mundo, ahora bien, había que llevar la ropa al tendedero subiendo un repechón desde el garaje al otro lado de la casa y nada de dejar caer la ropa sobre los hilos, pues estaban a cierta altura para que las sábanas no tocaran el suelo.  Era agradable sentir el abrazo mojado de la ropa al viento, acariciar su piel para borrar sus frescas arrugas. Ni un recuerdo para la secadora.

Por la noche sacábamos a pulso la antigua televisión a la terraza y luego otra vez a su lugar, como al niño pequeño que se ha quedado dormido.

Resucitar a la vieja bicicleta para volver a sentir el pedaleo de mi niñez, para comprobar que todavía soy capaz de recorrer los caminos que casi había olvidado.  Abandonar el coche e irme a comprar con mis alforjas colgando de mi bici y adentrarme por las callejas del pueblo de tienda en tienda, al mercado ambulante para volver a regatear,  parlotear con su gente y escuchar historias miles.
Sorprenderme que este pueblo estuviera preparado para aparcar mi bici con su artilugio y conseguir atarla por si las moscas y sentirme arropada, porque no era la única que amaba ser ciclista, la que sentía esa solidaridad, esa complicidad entre nosotros. 
Llegaba a sentir que era un pseudopeatón que rodaba un poco más rápido que caminando, que podía saludar al que se cruzara conmigo, porque le veía la cara, porque veía reir sus ojos, su boca y recibir su saludo. 
Al final del viaje podía sentir como la corriente de energía había discurrido por mi cuerpo y electrificado mis piernas, una agridulce sensación, una liberación de tensiones que alcanzaba a llegar a mi mente, sacudiendo sus telerañas y su polvo adormecido.
Estoy segura que algún beneficio más me habrá aportado del que no soy consciente, porque las posibilidades de la bicicleta combinadas con nuestra energía son muchas.
Nos podemos sorprender.


Así que aquí la tengo, en la ciudad, me le llevé con mi equipaje.  No se si encajará tan bien como en el campo, si el día a día sujeto a las prisas, a las máquinas y la técnología punta dejará que saboree por un breve momento, la libertad del verano.
Hace unos días nos recibía bien la semana de la movilidad que se estaba celebrando en muchas ciudades, haciendo un hueco cada vez más grande a la bicicleta y también al caminante, energía vital, saludable, respetuosa con tu entorno y tu propia energía.

Que la fuerza y la energía os brote de vuestro cuerpo para seguir adelante durante todo el año.

viernes, 21 de junio de 2013

PARKING

No se como lo hace, pero él siempre encuentra hueco. Es paciente, perseverante y muy perspicaz, sabe detectar las pistas que le llevan a deducir que ese individuo se marcha, abandona ese espacio porque ha sacado las llaves de su bolsillo, porque sabe a la hora que habitualmente sale a trabajar, porque presiente que el conductor de ese coche se marcha, sabe que no acaba de llegar. Tiene un verdadero radar para encontrar aparcamiento en el más de los saturados barrios de la ciudad. Lo más increíble es que no le estresa para nada esa  operación de búsqueda y no es ningún revulsivo para no utilizar el coche y moverse por la ciudad. Yo no le encuentro otra explicación, tiene suerte, está en el sitio adecuado y  en el momento oportuno. No busca la suerte, es que la fortuna le encuentra.

Sin embargo, en esa odisea, ella acaba siendo una mujer al borde de un ataque de nervios, ¿por qué no puede plegarlo y meterlo en el bolso?. Sería ideal, siempre contigo, controlado, no te lo rayan, ni ensucian, ni te lo multan y se ahorra un montón de maniobras y cálculos. En fin, los dioses le tienen negado el privilegio de encontrar el ansiado oasis que dé descanso a su coche, hasta que comprueban que ha recorrido todo un vía crucis y por compasión le recompensan y logra aparcar. 

Ha sido una constante en su vida, la dura tarea de aparcar.
No puede precisar cuando comenzó a practicar esa operación, un poco después de acabar bachiller, justo cuando decidió dejar en vía muerta la ilusión de ser enfermera para hacer un cambio de agujas y emprender su otra vocación de maestra. Pero llegó la crisis de los 80 y  acuciada por la necesidad de trabajo, dejó aparcada por un tiempo indeterminado ese futurable oficio y entró en la administración pública del estado y de ese parking público ya no hubo salida.

Y aparcar varios amores por elegir uno solo.

Pasó el tiempo y la vida le regaló unos preciosos hijos que se convirtieron en su norte, olvidándose de tantas ilusiones y sueños pasados. El mundo le exigió de nuevo aparcar a sus hijos pequeños durante muchas horas al día y delegar su afecto en otras personas. Amargo aparcamiento que nunca entendió se pudiera considerar no fuera contra natura, apartar a los hijos del afecto y contacto de su madre a los pocos meses.

Rompersele el corazón al tener que admitir la necesidad de cambiar el hogar de toda una vida a otra morada desconocida a su padre, sabiendo que era definitivamente el último parking.

El reloj corre y la espera se hace corta o eterna.

 Todavía tiene tiempo, el poco tiempo del que pueda disponer. Aprovechar el tiempo, saber sacarle partido. Explotar todos los recursos para gestionar bien el tiempo. Quizás ese tiempo futuro le permita sacar del parking más de un sueño injustamente inmovilizado. El precio que tenga que pagar al pasar por la cabina de salida es una incógnita, no sabe si se lo facturarán por minutos o por horas, ya se verá y si hace falta nos saltaremos la barrera y diremos como en las autopistas catalanas, no pago peaje.

De momento la tecnología puede ser nuestra aliada. Esta madre ya la aprovecha bien.



Besos sin peaje.

sábado, 1 de junio de 2013

FILA CERO Y PALOMITAS. PIGEON IMPOSSIBLE

Hoy os invito de nuevo a ocupar una butaca en la fila cero de esta Tartana, pero no me atrevo a ofreceros palomitas, por lo menos como la de este corto de animación desde luego no. Ya me diréis si os atreveríais a veroslas con ella.


Siempre las he considerado una simbólica ave, de la paz, ambientando las plazas y jardines. Entretenimiento de los niños que se empeñan en darles de comer las sobras de sus meriendas, a perseguirlas para que arranquen a volar o en un descuido las puedan cazar. Amigables, pero muy cautas, graciosas con su baile de cortejo y ese pavoneamiento del macho con su buche hinchado. Recuerdo de pequeña haber visitado un palomar donde preparaban a los pichones para competiciones en vuelo, todo un arte y dedicación.
En fín, desde esa perspectiva, una imagen muy agradable. Hasta que un día mi hijo, en el patio de infantil,  quiso recoger una blanca pluma de alguna paloma que la perdió y una madre muy alarmada me advirtió del peligro de tocarla, son tremendamente sucias y foco de infección o contagio de gérmenes nocivos, vamos me las retrató como ratas que vuelan, por no decir la plaga que son para los edificios históricos.

Yo ignorante de todo esto, un día recogimos de la calle a una paloma blanca que quieta a pie de un árbol parecía herida o enferma. Mis hijos insistieron - ¿podemos ayudarla? ¿la llevamos al veterinario?  Ufff!! cualquiera les dice que no y desautoriza la parábola del buen samaritano. Al llegar a casa la metimos en una caja arropada con algún recorte de tela, agua y algo de pan, al ratito parece que la paloma espabiló y de repente arrancó a volar directo a la ventana, que tenía las persianas venecianas subidas y los cristales recién limpios y transparentes y cerrada, claramente. La consecuencia la podéis imaginar, se dió un trompazo morrocotudo contra el cristal y vuelta a estar noqueada. Los peques decidieron abrir la ventana de par en par y esperar. Dicho y hecho, la paloma volvió a reviscolar y directa a la calle. Fue un espectáculo verla salir desde la altura de un octavo piso y emprender el vuelo hacia no se sabe donde. ¿Mamá, volverá al parque? y ahora pienso, pues menos mal que se fue, fuera donde fuera.

Besos y rosas como se dice por aquí a las palomitas (de comer).